domingo, septiembre 25, 2005

El Último Anillo

El Último Anillo
Kiril Yeskov
Bibliópolis
Bibliópolis Fantástica 21
442 páginas; 21,95 euros


Luis G. Prado parece empeñado en la loable tarea de demostrarnos que el fantástico en la Europa del Este está vivo, más allá de los sempiternos Lem y Strugatski Bros. Tras los libros de Geralt de Rivia, verdadero buque insignia de la editorial Bibliópolis, que han merecido recientemente una fastuosa doble página en su presentación en la revista de Círculo de Lectores, (recomendable edición, por cierto, que recopila los dos primeros libros en un único volumen en tapa dura con sobrecubierta al atractivo precio de 19,95 euros), nos trae ahora al ruso Kiril Yeskov, tan desconocido por estos pagos como lo era Sapkowski en su día, pero con una carrera bastante exitosa, parece ser, en su país de origen y mercados cercanos.
La novela que ha elegido para la presentación de este autor en España se nos ha vendido como una vuelta de tuerca al universo de El Señor de los Anillos. Una especie de visión de los vencidos, puesto que se nos narra la Guerra del Anillo desde el punto de vista de los ejércitos y aliados de Sauron. Sin embargo, dejando aparte el gancho comercial que puede tener esta caracterización de la obra, lo cierto es que la historia es mucho más que una mera parodia al estilo de bazofias como El Sopor de los Anillos y la utilización del universo tolkieniano, convenientemente modificado en sus héroes, nombres y lugares, no es más que un aliciente añadido a la trama, ni mucho menos el principal ingrediente, puesto que Yeskov se desvía del canon siempre que quiere, introduciendo lugares y hechos nuevos y creando un universo propio con la suficiente entidad como para caminar por sí solo, sin necesidad de apoyarse en ninguna historia previa.
Yeskov machaca sin compasión los puntos negros de la obra tolkieniana: su evidente maniqueísmo y ese airecillo “hippie” que denigra todo lo que huele a progreso y Revolución Industrial, esa loa exagerada de los idílicos paisajes pretecnológicos en los que viven hobbits y elfos. Mordor es el estandarte de un nuevo modo de entender las cosas, representa el progreso basado en la ciencia, con todo lo que esta tiene de bueno y de malo, y las fuerzas de Gondor, El Concilio Blanco y los elfos son los inmovilistas que quieren que todo quede como está, utilizando todas las armas a su alcance para lograrlo, incluidos el genocidio y la aniquilación de varias razas y naciones. Después, como siempre, los vencedores rescribirán la historia a su conveniencia.
Por suerte, El Último Anillo no se queda sólo en esto. Una parte importante del libro la dedica Yeskov al desarrollo de una impecable novela de espías en la ciudad-estado de Opar, un trasunto de la Venecia cosmopolita y traicionera del XVIII. Los vericuetos por los que transcurre la trama, con varias agencias de espionaje y contraespionaje envueltas en un juego de intrigas y desinformación, y el barón Tangorn aprovechándose de unas y otras para lograr el objeto mágico indispensable para llevar a buen fin su misión, resultan apasionantes. Inventa, además, reinos y hechos a su antojo, como la deliciosa historia del caudillo de los reinos del Sur, émulo del zulú Shaka, que expulsa de su territorio a los mercaderes de esclavos y consigue crear un gran imperio a base de sus conquistas guerreras.
Un humor socarrón, muy del estilo de Sapkowski, planea sobre las acciones de los héroes en todo momento y constituye un contrapunto más al grandilocuente y ampuloso estilo de Tolkien. Aquí no hay grandes parlamentos ni discursos impactantes. Sólo seres humanos luchando por conservar su modo de vida. No hay buenos ni malos. Hay poderosos que deciden sobre la vida y la muerte y humildes que tratan de sobrevivir.
Una obra notable, en fin, que se lee con interés independientemente del material en el que se basa. No creo que haya que haber leído El Señor de los Anillos para disfrutar de ella en su plano más inmediato, como novela de aventuras bien tramada. Sin embargo, es el contraste con la obra de Tolkien lo que otorga profundidad a El Último Anillo. Es en el plano filosófico, y perdóneseme este final pedantesco, donde se encuentra la carga intelectual de la novela. Su inteligente interpretación de los mecanismos de poder, de la inevitable extinción de la cultura de los perdedores a manos del imperialismo del vencedor y de la reescritura de la historia por cronistas a sueldo de esos mismos vencedores son los rasgos que convierten a El Último Anillo en algo más que una simple novela de fantasía al uso.
Qué soplo de aire fresco están trayendo, a fin de cuentas, estos autores orientales de Bibliópolis Fantástica a los anquilosados esquemas en los que se mueve nuestro colonizado mercado literario.

domingo, agosto 28, 2005

El Ciclo Barroco, Volumen I

Azogue
Neal Stephenson
Ediciones B
Nova Ciencia Ficción 164
398 páginas, 20 euros

El rey de los vagabundos
Ediciones B
Nova Ciencia Ficción 171
318 páginas, 20 euros

Odalisca
Ediciones B
Nova Ciencia ficción 173
359 páginas, 20 euros


Me consta por comentarios oídos en diversas tertulias que la evolución seguida por la narrativa de Neal Stephenson no es del agrado de muchos aficionados a la ciencia ficción. Cierto que es muy difícil encontrar, tanto en el Criptonomicón como en su precuela, El Ciclo Barroco, rastros del autor de Snow Crash o La Era del diamante. Yo, por mi parte, estoy encantado con el cambio, a pesar de que La Era del Diamante me pareció una novela sobresaliente. Por otro lado, es también cierto que El Ciclo Barroco, aunque impresionante en su ambición y dimensiones, es pura novela histórica o, si se prefiere, científico-histórica. No, desde luego, ciencia ficción. Nos encontramos aquí con un problema muy extendido y del que estoy deseando que hable cebra en su blog, donde ha anunciado una entrada dedicada al espinoso tema de los subgéneros en la ciencia ficción: o bien las tragaderas del género son infinitas, y eso nos llevaría al absurdo de que todo es ciencia ficción o bien hay obras a las que el hecho de que aparezcan en colecciones dedicadas al género no convierte en ciencia ficción. Yo, desde luego, me inclino por lo segundo. Y esto no pasaría de ser una discusión estéril más de esas que tanto gustan a los aficionados si no fuera porque tiene consecuencias muy claras: publicar este tipo de obras en colecciones dedicadas al género provoca que los que van buscando ciencia ficción salgan defraudados y no compren las continuaciones. Los aficionados a la novela histórica, por el contrario, van a dejar pasar una obra valiosa porque, salvo contadas excepciones en las que funciona el boca-oreja, no van ni a acercarse a las estanterías que lleven el rotulito de “ciencia ficción”. Problema este de muy difícil solución mientras siga gustándonos tanto poner etiquetas a todo.
Lo que voy a comentar aquí constituye el volumen uno de los tres en los que Stephenson ha dividido su Ciclo Barroco. En su versión original los tres volúmenes, de cerca de mil páginas cada uno, llevan los títulos de Quicksilver, The Confussion y The System of the World. En España, Quicksilver se ha dividido en tres tomos (Azogue, El rey de los vagabundos y Odalisca). The Confussion se ha publicado en dos partes (La Confusión 1ª y 2ª parte). Ignoro en cuántos tomos van a dividir The System of the World, pero me va a resultar muy difícil no caer en la tentación de echar unas pequeñas cuentas al final de esta entrada para reírnos un ratito o, mejor aún, llorar desconsoladamente por nuestros bolsillos.
De megalomaníaco se puede calificar el empeño de Stephenson en El Ciclo Barroco: novelar el nacimiento de la ciencia moderna y, de paso, todo el turbulento siglo XVII europeo. Tomando como personajes principales a los antepasados de los protagonistas del Criptonomicón y utilizando como nexo de unión al misteriosamente longevo Enoch Root, vamos a pasearnos por las principales cortes europeas del momento, por algunos de sus escenarios bélicos (estupenda la secuencia en la que Jack Shaftoe y Eliza -oriunda de esa isla de Qwghlm cuyo idioma no tiene vocales y en la que el protagonista del Criptonomicón, Lawrence Pritchard Waterhouse, vivía surrealistas aventuras-, se conocen en pleno levantamiento del asedio de Viena por la tropas del rey polaco Juan III Sobieski) y trabaremos conocimiento de primera mano de los principales científicos del momento, Newton y Leibniz entre ellos, y del paso gradual de la alquimia a la ciencia, cuyos contornos aún se entrecruzaban incluso en el pensamiento de figuras de la talla de Isaac Newton.
Utilizando hábilmente los personajes de los que dispone, recorremos todos los escenarios de la época en los que se estaban cocinando acontecimientos fundamentales para el destino de la Europa y el mundo modernos. Así, Daniel Waterhouse, puritano, científico y antepasado del Lawrence Pritchard Waterhouse del Criptonomicón, le sirve para contarnos la historia del devenir político en Inglaterra desde los tiempos de Cromwell hasta la restauración monárquica en la figura de Carlos II, su sucesión por Jacobo II y la Revolución Gloriosa, donde nos deja por el momento. Además, en su calidad de miembro de la recién fundada Royal Society, nos pone en contacto con todos los genios científicos de la época.
A Jack Shaftoe, soldado y vagabundo, antepasado del Bob Shaftoe del Criptonomicón, lo utiliza para recorrer una Europa convulsa por la amenaza otomana y la guerras religiosas, al tiempo que por la peste y el hambre.
A Eliza, por su parte, la usa como peón dentro de las cortes del Rey Sol y de Guillermo de Orange en Holanda.
Los destinos de todos estos personajes se entrecruzan en múltiples ocasiones a lo largo de los tres libros y, de vez en cuando, la llegada de Enoch Root y sus sibilinos comentarios (y este es quizá el único elemento fantástico de toda la trama, porque Enoch parece conocer por adelantado lo que va a suceder) empuja a alguno de ellos a seguir caminos que influirán decisivamente en acontecimientos históricos.
Sorprenden la documentación y erudición de Stephenson y la habilidad con la que va tejiendo un fascinante tapiz que promete mejorar en las sucesivas entregas. Poco o nada queda de sus experimentaciones con el lenguaje de sus anteriores novelas. Aquí se limita a ir al grano, a contarnos lo que quiere contar de la manera más llana posible, sin florituras, lo que no impide que la lectura sea interesantísima, tanto si nos está hablando del cálculo diferencial como si nos hace asistir a la sangría de un absceso en el real culo de Luis XIV.
La pérdida, esperemos que momentánea, de un autor como Stephenson para la ciencia ficción se compensa con creces por la envergadura del proyecto que está llevando a cabo y el resultado que está obteniendo en este empeño.
Unas palabritas, por último, relativas a cómo se está publicando el Ciclo en España, aunque sé que es un tema, el de Ediciones B, que ya se ha tratado hasta la saciedad. Pero, ¿qué quieren?, no puedo resistirme a echar un vistazo en Amazon y comprobar que los tres volúmenes del Ciclo, ¡en tapa dura!, salen a unos 18 euros cada uno. Aquí, si el último volumen lo dividen en tres partes, el total por toda la serie va a superar los 150 euros. Eso supone un aumento de más del 150% entre leerlo en su idioma original o adquirir la traducción. Ganas le entran a uno de intentarlo con el inglés. Y a todo esto se suma la política que sigue Ediciones B de saldar estos títulos a los dos años exactos de su publicación (comentaban ayer en una kdd cyberdarkiana que Materia celeste, publicado en mayo de 2003, se podía encontrar en algunos corteingleses de la periferia de Madrid a 3.95 euros) o editarlos en Byblos a unos meses vista de su salida en Nova. Una política que yo, lego en estos temas, estoy lejos de comprender, pero que vista desde fuera parece como si estuvieran tirando piedras contra su propio tejado.

jueves, agosto 25, 2005

El paralaje Neanderthal

Homínidos
Robert J. Sawyer
Nova Ciencia Ficción 177
Ediciones B
353 páginas; 19 euros

Humanos
Robert J.Sawyer
Nova Ciencia Ficción 179
Ediciones B
345 páginas; 18 euros

Híbridos
Robert J. Sawyer
Nova Ciencia Ficción 181
377 páginas; 18,50 euros



Desde que cayera en mis manos un primer libro de Robert J. Sawyer allá por el ya lejano año 2000 (Cambio de esquemas, La Factoría de Ideas) hasta hoy, mi opinión sobre las obras del "único escritor canadiense que vive exclusivamente de escribir ciencia ficción" ha seguido una curva descendente que ha tocado fondo con esta trilogía que le ha valido, por fin, el tan perseguido Hugo (perseguido por el señor Sawyer, claro, que ha llegado a extremos parecidos en su afán por hacerse con él a los tan hilarantes de Cela con el Cervantes).

Cambio de esquemas me pareció en su día una propuesta interesante, aunque ya con cierto tufillo bestsellero, y una lectura trepidante. Desde entonces, he leído todo lo que se ha publicado en España de este autor y, como digo, hoy en día lo tengo en mi clasificación particular dentro del cajón de la lectura de fácil digestión y olvido, acercándose rápidamente al destinado a los fulleros y tramposos.

El paralaje Neanderthal es un calco de la fórmula a la que Sawyer debe su éxito y que bebe descaradamente de la fuente en la que nacen los bestsellers. A saber: protagonistas situados dentro de la clase científica y tecnológica de la humanidad (y, en estos libros, también de la neanderthalidad); amplias disgresiones en las que los protagonistas se sientan ante una mesa para hablarnos de ciencia, antropología, religión y demás grandes temas, pero tratados con una superficialidad apabullante, no vaya a ser que el limitado cerebro del lector medio se nos sobrecargue; personajes limitaditos, limitaditos (jobar, con los científicos), que en ocasiones tienen la hondura intelectual de cualquier habitante de la casa de Gran Hermano; unas gotas de drama, preferentemente en forma de problemas en el matrimonio, enfermedades graves o violaciones; y todo esto envuelto en una trama de thriller en la que la excusa científica no es más que eso, una excusa.

Pero en esta trilogía, quizá debido a su extensión, Sawyer pierde completamente los papeles y ahonda hasta el paroxismo en los defectos de anteriores obras.

El punto de partida, la idea base, el McGuffin es, como siempre, interesante, aunque no excesivamente original: el descubrimiento de una Tierra paralela en la que el homo sapiens se extinguió y el homo neandertalensis prosperó. Los neanderthales, que resultan ser una especie de hermanitas de la caridad comparados con nosotros, los autodestructivos homo sapiens, habitan un mundo idílico, utópico, en el que las decisiones en bien de la comunidad son tomadas por consejos de ancianos y las taras físicas y psiquícas han sido erradicadas de la sociedad gracias a una inteligente política de castración selectiva (en serio). Además, los neanderthales resultan ser tan buenos porque toda su vida, desde el momento en que nacen hasta que mueren, es grabada, cual show de Truman a lo neanderthal, por medio de unos implantes de lo más chulo que se les colocan al nacer. Por supuesto, para evitar que todo bicho viviente pueda verte recién levantado como si tal cosa, sólo se permite que sea el consejo de ancianos y bajo circunstancias extraordinarias el que acceda al archivo de la vida de un ciudadano neanderthal. Esta sociedad que a poco que nos descuidemos bordea el fascismo o, cuando menos, el paternalismo gubernamental más recalcitrante, es la que Sawyer pretende vendernos como idílica.

No voy a entrar en cómo Sawyer ha montado la sociedad neanderthal porque, a poco que uno indague, se da pronto cuenta de que no se sostiene por ningún sitio. Baste decir que está ahí sólo como contraste con lo malos que somos en esta Tierra y lo bonita que podía haber sido si aplicáramos las teorías del autor.

El primer libro se hace más llevadero porque es el que sienta las bases de la trama y tiene el aliciente de ir descubriendo las peculiaridades de los neanderthales, pero el segundo y el tercero son meros anexos, alargamientos de algo que falla en su misma base y, por tanto, superfluos. Sawyer juega sin complejos con todos los clichés del bestseller más adocenado y, así, en la trama aparecen, uno detrás de otro, el drama judicial tipo Estrenos TV, la indagación detectivesca que, tras tropocientas páginas de suspense, se soluciona ¡oliendo una bragas!, la conspiración en la sombra tipo Expendiente-X y unas paginitas de sexo explícito interespecies con las que te ríes pero bien.

Junto a esto, páginas y páginas de "divulgación", en la que sesudos científicos hablan como niños de párvulos para hacernos accesibles temas como la mecánica cuántica, la paleoantropología, las creencias religiosas y la biología. (Y, señor Barceló, no venda por ello a Sawyer como el sucesor de Asimov, porque el Buen Doctor siempre tenía muy claro cuándo estaba "divulgando" y cuándo simplemente entreteniendo al personal. Sawyer, no).

¿Con qué me quedo, pues, tras casi mil páginas de paralaje Neanderthal? Pues con la facilidad con que se leen los libros de Robert J. Sawyer, excelentes como lectura veraniega para dar descanso a la neurona, y con la traducción de Rafa Marín, que este sí que no falla nunca.

domingo, julio 03, 2005

La Isla del Tesoro








La Isla del Tesoro.
Robert Louis Stevenson.
Edhasa, 2005.
Biblioteca de la Aventura.
Ilustraciones de Carlos de Miguel.
315 páginas, 18,50 euros.


No se preocupen. No voy a tener la poca vergüenza de intentar pergeñar algo ni tan siquiera semejante a una crítica sobre este libro, cuando ya se han escrito sobre él ríos de tinta desde que su primera entrega apareciera en la revista juvenil Young Folks el 1 de octubre de 1881.

Permítaseme decir, tan sólo, que en mi relación con él no influye –no demasiado, al menos- la nostalgia que despiertan en nosotros aquellos libros que leímos siendo niños o adolescentes. No llegué a La Isla del Tesoro hasta mis veinte años, edad en la que aún puede deslumbrarte un libro, pero no con la luz cegadora que lo hace, por ejemplo, enfrentarte a D’Artagnan y sus amigos con doce años. En los casi veinte años transcurridos desde esa primera lectura, he tenido ocasión de releerlo varias veces más, incluida la versión en su idioma original. Y puedo decir sin temor a equivocarme que La Isla del Tesoro es la mejor novela de aventuras que se haya escrito jamás.

Considero que hay libros que hay que revisitar de vez en cuando. Son los menos, desde luego. En mi caso, no creo que lleguen a una docena y es seguro que cada lector tendrá su propia lista, en cuya confección influyen muchos motivos, entre los que la ya citada nostalgia ocupa un lugar bastante prominente. En la mía, además de La Isla del Tesoro, están cosas como El Señor de los Anillos, Los tres mosqueteros, En busca del tiempo perdido, Memorias de Adriano, El nombre de la rosa o Cien años de soledad. Un batiburrillo infame, como puede verse, que justifica con creces el nombre de este blog.

Mi vuelta a La Isla del Tesoro la ha provocado el dolor de cabeza que me asalta de un tiempo a esta parte intentando acertar con los libros que darle a leer a un hijo de nueve años que me sobrepasa con creces en ansiedad lectora. Tras pasar por El Hobbit, Las crónicas de Narnia, La guerra de los mundos, La historia interminable, y antes de caer en las garras del fenómeno Harry Potter, hemos atracado en La Isla del Tesoro.

Esta búsqueda de alimento espiritual para el churumbel me ha llevado a darme cuenta de dos cosas: una, ya apuntada, es que en ciertos libros supuestamente “juveniles” se encuentra la esencia de la Literatura con mayúsculas o, al menos, de la novela con minúsculas. Y, en segundo lugar, que vaya suerte tienen los enanos con las ediciones de sus libros de cabecera que aparecen en el mercado.

Como aficionado al cómic que soy, me apasiona también su primo cercano, la ilustración. Y las ediciones de libros juveniles tienen una ventaja enorme con respecto a los serios mamotretos para adultos: las maravillosas ilustraciones que acompañan al texto en muchos de ellos.

Entre mis últimos descubrimientos puedo citar una preciosa edición de los libros de la selva de Kipling con ilustraciones de Ana Juan, en Anaya; una selección de cuentos de piratas con dibujos de Ángel Domínguez, en Juventud; toda la línea infantil/juvenil que Valdemar está publicando solapadamente dentro de su colección Avatares y en la que encontramos joyas tales como El libro de los piratas, escrito e ilustrado por Howard Pyle, La Isla del Tesoro y La flecha negra con ilustraciones de N.C. Wyeth o un Peter Pan visto por Arthur Rackham; y la colección que alberga la edición de La Isla del Tesoro de la que estoy hablando: La Biblioteca de la Aventura, en Edhasa.

Por el momento, han aparecido cinco libros, todos ellos clásicos indiscutibles de la novela de aventuras: Las cuatro plumas, El capitán Blood, La Isla del Tesoro, El halcón del mar y La flecha negra.

Publicados con la calidad habitual en esta editorial, tienen dos valores añadidos: el precio, que oscila entre los 18 y los 20 euros, muy atractivo sin tenemos en cuenta que son ediciones en tapa dura, con un tamaño algo mayor al habitual y profusamente ilustradas (en comparación, los demás libros de la editorial rondan los 30 euros en la colección de novela histórica y sobrepasan muchas veces los 40 en la de ensayo), y, sobre todo, las ilustraciones. Las de La Isla del Tesoro y las de Las cuatro plumas son de un para mí desconocido Carlos de Miguel y tienen el encanto de estar hechas únicamente con el lápiz y ser de un sobrio clasicismo que casa muy bien con este tipo de aventuras.

La edición se completa con un breve relato que apareció en las Fábulas de Stevenson y que viene a ser algo así como el capítulo 32 y medio de la novela. En él, el sin par Long John Silver y el capitán Smollet mantienen una curiosa conversación sobre la "realidad" de la novela. Y, para terminar, se incluye un breve texto aparecido en El arte de escribir en el que el autor trata de las circunstancias y los azares que le llevaron a escribir este libro imperecedero.

Así que ya saben. Si tienen un hijo, sobrino, primo o cualquier otra excusa que les sirva para comprar este libro y, al tiempo que lo regalan, aprovechan para releerlo, estarán llevando a cabo sus dos buenas acciones del día. Ustedes se reencontarán con personajes y situaciones inolvidables y harán caer en las redes de Long John Silver a un nuevo e ingenuo grumete.

viernes, junio 17, 2005

Los que van a morir te saludan

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Los que van a morir te saludan.
Fred Vargas.
Editorial Siruela, 2002.
Colección Nuevos Tiempos.
190 páginas.

Dentro de su colección Nuevos Tiempos, la editorial Siruela está publicando en la actualidad cuatro series de novela policíaca de una calidad más que notable.

La primera, en orden de aparición, es la protagonizada por el inspector Michael Ohayon de la policía de Jerusalén, escrita por la israelita Batya Gur. De las cuatro es quizá la menos original, ya que sigue el esquema clásico de las novelas de asesinato por resolver que vienen escribiéndose desde los tiempos de Agatha Christie. Como puntos fuertes, el hecho de que todos los casos se produzcan en ambientes académicos que la autora parece conocer muy bien y, sobre todo, el exotismo que aportan la nacionalidad de Gur y sus personajes (algo parecido a lo que ocurre con los casos del Inspector Wallander, del sueco Henning Mannkell, publicados por Tusquets). Hasta la fecha, se han publicado cinco novelas de esta serie.

La segunda es la que nos ocupa y volveré sobre ella más tarde.

La tercera es una auténtica delicia. Escritas por el italiano Giorgio Todde, las novelas protagonizadas por el médico forense Efisio Marini –embalsamador en sus ratos libres- transcurren en la rural y arcaica Sicilia natal del autor y son una extraordinaria mezcla de novela negra, personajes lampedusianos y humor a lo Calvino. Hasta el momento, han aparecido dos.

La cuarta y última en comenzar a publicarse es una serie escrita por la autora americana de raza negra Charlotte Carter y protagonizada por Nanette Hayes, saxofonista y detective aficionada que se mueve por los ambientes jazzísticos y los bajos fondos de la ciudad de Nueva York. Ha salido una novela hasta la fecha (El dulce veneno del jazz), de la que sólo puedo decir que tiene muy buena pinta y que me está esperando pacientemente en “the pila”.

Los que van a morir te saludan da comienzo a la serie de novela negra que, escrita por Fred (Frederique) Vargas, está teniendo un éxito arrollador entre los lectores gabachos. Al contrario que las otras tres series que hemos citado, ésta no tiene un único protagonista, sino que los personajes varían con cada nueva historia.

En Los que van a morir te saludan los protagonistas son tres jóvenes y brillantes franceses que estudian en Roma. De vida y costumbres bohemias y acostumbrados a codearse con las clases pudientes y cultas de la ciudad, desde estudiosos de la Biblioteca Vaticana hasta obispos de la curia, han adoptado la costumbre de llamarse entre ellos con los nombres de tres emperadores de la dinastía Julio-Claudia: Claudio, Tiberio y Nerón. Junto a ellos, completan el elenco de personajes el padre de Claudio, anticuario de éxito que aparece asesinado por oscuros motivos; su extraordinaria segunda esposa, de quien están enamorados los tres jóvenes; la hija de esta última y su tutor, amigo de la infancia de la madre y obispo en el Vaticano para más señas; y Richard Valence, una especie de “mister arréglalo todo” en el Ministerio del Interior francés, al que le cae encima la difícil papeleta de intentar resolver el caso antes que la policía italiana y que resulta estar más unido a los acontecimientos de lo que en un principio pudiera parecer.

Fred Vargas consigue llevar a buen puerto la historia utilizando para ello los recursos de la novela negra de toda la vida: personajes con oscuro pasado y psicológicamente tallados a cincel envueltos en una trama de misterio en la que nadie es lo que parece y ninguno es trigo limpio. No hay un protagonista claro y el lector difícilmente se identifica con ninguno de los personajes, todos ellos con recursos económicos y, sin embargo, completamente perdidos. La historia da varias vueltas de tuerca que en ningún momento resultan forzadas y concluye satisfactoriamente. Poco más se le puede pedir a este tipo de relato y, si algo es de lamentar es la decisión de la autora, por otro lado loable, de no retomar a los personajes supervivientes en posteriores historias.

viernes, junio 03, 2005

El ritual




El ritual.
Margaret Mahy.
Ediciones B, 1988.
Colección Vía Libre.
239 páginas.


Llegué a este libro gracias a la recomendación de una amiga y le estoy sumamente agradecido por ello, porque ha supuesto un verdadero descubrimiento.

Margaret Mahy es una escritora neozelandesa de la que no se puede decir que haya sido poco publicada en nuestro país, puesto que hay varios libros suyos dispersos en distintas colecciones de temática juvenil. Lo que sí ha sido, desde luego, es injustamente tratada. Si los demás tienen la calidad de El ritual, es una autora a seguir.

Laura vive en una pequeña localidad de Nueva Zelanda junto con su madre divorciada, y su hermanito de tres años, Jacko. Su vida sería tan rutinaria como la de cualquier otra adolescente del lugar si no fuera por un pequeño detalle: Laura tiene premoniciones que le avisan de cuándo algún suceso no deseado va a trastornar su vida. Aunque procura evitar que se cumplan, suelen ser tan irremisibles como el destino. Y su última premonición y el cuidado que pone en evitarla no impiden que un súcubo, bajo la apariencia de un inofensivo anticuario, posea a su hermanito y comience a absorber su vida poco a poco. Para que la asista en su lucha contra el súcubo, Laura decide pedir ayuda a Sorry, un joven de un curso superior al suyo del que Laura sospecha que es un brujo.

Con este punto de partida, Mahy construye una novela deliciosa de principio a fin en la que su tratamiento del fantástico recuerda no poco a otro grande del género: Jonathan Carroll. Al igual que éste, Mahy introduce lo insólito como en sordina, poco a poco y con total naturalidad. Lo fantástico está tan perfectamente imbricado con lo cotidiano que en ningún momento chirría la trama, ningún pasaje choca por muy fantasioso que pueda ser.

Margaret Mahy resulta ser, además, una escritora exquisita, con una preciosa narrativa, y sabe conjugar sin esfuerzo el desarrollo de la trama fantástica con una excelente caracterización de personajes, desde los adolescentes que comienzan a descubrir al sexo opuesto, hasta los adultos que, en el fondo, están tan perdidos como los adolescentes.

Por supuesto, me he lanzado sin pérdida de tiempo a la búsqueda de otros libros de la autora (sobre todo, de El catálogo del Universo, del que también me han hablado maravillas), pero hasta ahora he tenido poco éxito. La mayor parte está ya descatalogada y la preceptiva consulta en Iberlibro ha producido pocos frutos. Por el momento, seguiré acudiendo a la bien surtida biblioteca de mi amiga.

domingo, mayo 29, 2005

El enigma de la calle Blancs-Manteaux



El enigma de la calle Blancs-Manteaux.
Jean-François Parot.
Edhasa, 2005.
493 páginas. 22 euros.

Con este título comienza Edhasa la publicación de una nueva serie, protagonizada por el comisario Nicolás Le Floch. La editorial, especializada desde hace muchos años ya en la novela histórica, tiene en su haber varias subcolecciones que mezclan este género con lo criminal. Así, encontramos detectives que viven sus aventuras en la Roma republicana de Cicerón, en la Roma imperial de Vespasiano, en la Edad Media o, como el caso que nos ocupa, en la Francia prerrevolucionaria de Luis XV y madame de Pompadour. Por supuesto, cumpliendo la Ley de Sturgeon –“el 90% de todo lo publicado es basura”- en todo este batiburrillo de colecciones hay de todo, como en botica. Por suerte, esta nueva serie presenta visos de acomodarse en el exiguo 10% que merece la pena.

Al París de Luis XV, en febrero de 1761, llega Nicolás Le Floch, procedente de tierras bretonas, con una carta de presentación para el todopoderoso Monsieur de Sartine, teniente general de la policía parisina. Nicolás es un joven huérfano abandonado en las escalinatas de una iglesia que fue acogido por el canónigo François Le Floch, su tutor, y apadrinado por el marqués de Ranreuil, rico hacendado en su Bretaña natal.

Pronto, el joven va a iniciar una meteórica carrera que le llevara a codearse con lo mejor y lo peor del París del XVIII. Entre medias, una trama criminal y detectivesca con ramificaciones que llegan hasta las más altas esferas.

Jean-François Parot, el autor, es diplomático y especialista en el París dieciochesco, lo que se deja notar, y mucho, en el devenir de la novela. La trama criminal no deja de ser la misma historia que hemos leído ya cientos de veces. La trama histórica se adivina, pero no profundiza demasiado en ella (algo lógico, por otro lado, si esta va a ser una serie de varios volúmenes). Los personajes principales están bien definidos, pero se adaptan con facilidad a los roles a los que nos acostumbraron Dumas y sus secuaces hace ya tanto tiempo para este tipo de aventuras. Los personajes históricos están convenientemente retratados y perfectamente integrados en la trama. Pero el tratamiento que da a la ciudad de París, otro personaje más -si no el más importante-, de la novela, es ya otra historia. Aquí es donde el autor tiene su punto fuerte y lo sabe aprovechar con creces.

El libro está abundantemente trufado, sin ser por ello tedioso, con atisbos de la geografía del París de la época, de su miseria y su grandeza. Nos sumergimos en las costumbres de sus gentes de la mano del autor. Visitamos sus tabernuchas, sus prostíbulos, las grandes mansiones y las temibles mazmorras del Châtelet y de la Bastilla. De paso, se nos dan lecciones sobre los conocimientos médicos del momento, las fiestas populares, los métodos policiales y las torturas (estremecedora, a este respecto, la historia verídica que nos narra el verdugo Sanson, uno de los personajes de existencia real, posterior ajusticiador de Luis XVI) y un sinfín de otros datos que, insisto, para nada entorpecen el ameno fluir de la narración.

Parot se recrea en detalles truculentos. Numerosos son los pasajes en los que visitamos morgues, cementerios y mataderos. Las vívidas descripciones de estos últimos y de los infectos mercados parisinos de la época son quizá lo mejor de la novela. Podemos sentir, y hasta oler, sin forzar mucho nuestra imaginación, la pestilencia del pasado. La mayor parte de las novelas históricas parecen obviar que, hasta épocas muy recientes, la higiene era cuestión de minorías; las condiciones sanitarias, pésimas; la limpieza callejera, inexistente. Lo primero que debía llamar la atención de que aquel, que, como Nicolás Le Floch, llegaba de la campiña, era el miasma que envolvía a las grandes ciudades de entonces. Y el autor sabe retratar todo esto impecablemente, consiguiendo que nos transportemos con facilidad a la época en la que se mueve la trama.

Serie, pues, a seguir en sus sucesivas entregas.